Este es un homenaje a la memoria, de nuestra querida Doctora Liliana Puga, quien murió el 15 de marzo de
2009, cargando mi cruz y la de tantos, con su vocación de médica del alma y del cuerpo, con la ciencia a cuestas y con el corazón entregado, dando alivio al sufrimiento humano.
Gracias Liliana por tu entrega incondicional y por salvar tantas vidas del flagelo del virus de HIV.
Mi amada doctora Liliana Puga, amiga del alma, mis años de desolación no los hubiera superado sin ti. Mi amiga sin límites, mi ángel de la guarda.
Solo puedo decir que cuando cierro los ojos cada noche, nunca tengo miedo, ni sombras, ninguna duda me acosa. Saber que estás, que existes, es sentir los rayos del sol, dándome calor es sentir la certeza en el centro de mi cuerpo, mente y espíritu, que toda la energía del universo está trabajando para mi bienestar.
Es descansar en paz, sabiendo que nadie jamás podrá cuidarme, curarme y amarme como lo haces tu. Porque sostuviste mis brazos en alto cuando yo no podía luchar, porque te hiciste fuerte en el silencio comprensivo y humil- de con gran profesionalidad y capacidad, más allá de tus propios límites, de tus problemas y dificultades.
Y cuando la impotencia llegaba a tu garganta anudándola, con la fuerza de los grandes, luchaste contra moli- nos de viento, para intentarlo todo.
Cuando me atendiste por primera vez, en el hospital, estaba tan angustiada y desesperanzada; me diste tu telé- fono particular, para que te llame a cualquier hora, cualquier día, si era necesario... ¿tienes idea lo que eso signi- ficó para mi?
Me diste la paz, fuiste mi pilar, mi verdadera fuente segura de información. Fuiste quien me protegió, me cuidó, me inspeccionó, me palpó y honró el don de la palabra tiernamente.
Fuiste quien tomó las medidas de prevención, quien peleó y enfrentó otras luchas, con colegas, con la hipocresía, la ignorancia, las obras sociales, los hospitales, las leyes.
Yo no sé de qué hablan en los congresos, ni cómo son las luchas por el poder, ni cuántas drogas tendré que tomar en el futuro…
Sólo sé que a mí, me salvaste la vida.
Con tu capacidad e infinita comprensión. Con tu gran amor y ternura.
Supiste verme como a un ser humano sufriente, como a alguien que tenía miedo y no podía sostenerse sola en esta lucha.
Fuiste quien me atendió en forma personalizada, quien participó activamente en cada circunstancia de mi vida, desde mis tratamientos hasta mis viajes, trabajos, mudanzas, parejas, etc.
Jamás fui un número más.
Nunca en muchísimos años, fui una paciente de 5 burocráticos minutos.
En esto, como en tantas cosas de la vida, no hay fórmulas mágicas, ni certezas, todos estamos vinculados, invo- lucrados y luchamos "como podemos, como sabemos, como queremos", que son aspectos bien diferentes y sin duda, marcan la diferencia.
Hay una maravillosa fórmula, casi mágica, para creer, para soportarlo todo, para tener la paciencia conmovedora de la espera en la fe, y eso es el amor.
Amor es el remedio que me diste, que nadie puede comprar en la farmacia, que no se enseña en las universi- dades ni en la calle, está adentro nuestro para darlo a quienes más lo necesitan y no darlo es el peor error.
Gracias por tantos años de lucha juntas, por darme aliento y expectativas de vida, por creer en mí, por respe- tar mis sentimientos e intuiciones, por cuidar mi vida y no sólo los CD4 y la carga viral, por abrirme tu corazón, por el tiempo quitado a tu familia para atenderme los sábados y domingos.
Gracias, te quiero con toda mi alma, no lo olvides.
Viviana
(en nombre de todos quienes fuimos tus pacientes) |